
Hay algunos sacerdotes que en vez de decir “El Señor esté con ustedes/vosotros” dicen “El Señor está con ustedes/vosotros”
Puede parecer un cambio menor e inofensivo. Incluso, puede parecer bien porque después de todo, es una verdad de fe que Dios siempre está con nosotros. Sin embargo, en la liturgia cada palabra y cada tiempo verbal tienen un sentido teológico. Cambiar el texto oficial no es solo apartarse de la rúbrica; es alterar un significado profundo.
El tiempo verbal importa porque en ese saludo no se busca constatar sino invocar. Decir «está» (indicativo) es una simple afirmación de la realidad. Pero la liturgia usa «esté» (subjuntivo) porque es una invocación. Es una súplica eficaz para que la gracia y la presencia del Señor actúen de una manera nueva y especial.
De esta forma, ese saludo supone pedir la acción divina para un fin concreto. Al principio de la misa se invoca la Presencia sobre la asamblea reunida. Antes del Evangelio se invoca la Presencia para que acompañe a cada uno a escuchar la Palabra. Al inicio de la Plegaria Eucarística se invoca al Señor para que acompañe a todos al ofrecer el sacrificio. Y al
final se invoca la presencia de Dios en la vida cotidiana, después de la misa.
En el Evangelio, cuando Cristo resucitado se aparece a los apóstoles en el Cenáculo los saluda diciendo «La paz esté con ustedes» (Jn 20, 19). No dijo “esta” pese a que se les había aparecido el Príncipe de La Paz porque no hizo una simple afirmación descriptiva del momento. Era una invocación sagrada, el regalo de una realidad divina, no la mera constatación de un hecho.
Entre las cuatro veces que en la misa se dice “El Señor esté con ustedes/vosotros” hay una que es distinta a las demás: antes de proclamar el Evangelio. Eso porque es la única vez que el diácono puede hacer ese saludo y porque es en la única de las cuatro en que no se abren y se cierran los brazos mientras se dice
