
No todos los que han alcanzado la meta de la salvación y que viven en la eternidad esa condición de bienaventuranza han sido beatificados o canonizados. Su nombre puede no aparecer en el catálogo de los santos del Martirologio. Santo es aquel que ha llegado al cielo. Algunos han sido canonizados y otros no. Con indepenndencia de ello, se les celebra a todos el 1 de noviembre.
En efecto, ese día la Iglesia peregrina en la tierra, celebra a aquellos cuya compañía alegra los cielos, recibiendo así el estímulo de su ejemplo, la dicha de su patrocinio y, un día, la corona del triunfo en la visión eterna de la divina Majestad.
Esta fiesta de la esperanza, que nos recuerda el objetivo de nuestra vida, tiene raíces antiguas: en el siglo IV comienza a celebrarse la conmemoración de los mártires, común a varias Iglesias. Los primeros vestigios de esta celebración se encontraron en Antioquía el domingo siguiente a Pentecostés, pues san Juan Crisóstomo ya hablaba de ello. En el siglo IX el papa Gregorio III (731-741) eligió como fecha del 1 de noviembre para coincidir con la consagración de una capilla en San Pedro dedicada a las reliquias “de los santos apóstoles y de todos los santos mártires y confesores, y de todos los justos perfeccionados que descansan en paz en todo el mundo".
Ese día es una oportunidad que la Iglesia nos da para recordar que Dios nos ha llamado a todos a la santidad, y que debemos luchar todos para conseguirla
