El Manual de liturgia

El Manual de liturgia

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Antiguamente más que bendecir, se consagraban los cálices y las patenas. Ello debía hacerlo el obispo, aunque podría delegarlo en un presbítero.

El obispo vestía roquete, estola blanca y mitra y el cáliz y la patena se colocaban sobre una mesa cubierta con un mantel de lino blanco o sobre el altar.

El obispo consagraba en primer lugar la patena. Para ello, después de invitar a la oración, se quitaba la mitra y decía una oración que recordaba que Dios había instituido que la harina de trigo espolvoreada se llevase al altar en placas de oro y plata. Tras ello, se colocaba la mitra y mojando el pulgar de su mano derecha en el santo crisma, ungía la patena de borde a borde en forma de cruz y luego frota el santo crisma por todo el lado superior de la patena, mientras decía una fórmula.

Luego procedía a la bendición del cáliz, que iniciaba invitando a la oración. Después, quitándose la mitra decía una oración en la que recordaba a Melquisedec y pedía que “lo que no podemos hacer digno de tus altares con nuestra artesanía y metales, hazlo digno tú, con tu bendición”. Tras ello, se colocaba la mitra y mojando el pulgar de su mano derecha en el santo crisma, ungía el cáliz por dentro, de borde a borde, en forma de cruz, mientras decía una fórmula.

Finalmente, sin mitra, decía una oración en la que pedía que el cáliz y la patena fueran santificados y se convirtieran, “por la gracia del Espíritu Santo, en un nuevo sepulcro para el cuerpo y la sangre de nuestro Señor Jesucristo”.

Al final, se limpiaba el cáliz y la patena con migas de pan, y los purificaban a fondo.