El Manual de liturgia

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Durante siglos la conmemoración de los fieles difuntos y en las misas exequiales existió una secuencia antes de la proclamación del Evangelio: el Dies irae.

Esta secuencia del siglo XIII se le atribuye tanto al beato Tomás de Celano, OFM o al cardenal dominico Latino Malabranca Orsin.

Inspirado en la profecía de Sofonías (“Dies iræ, dies illa, dies tribulatiónis et propelléntis...”, Sof 1, 15) y en las visiones del Apocalipsis, el texto enfrenta con la realidad ineludible de la justicia divina. Las estrofas describen la trompeta que estremece los sepulcros (Tuba mirum), el libro donde todo acto humano queda registrado (Liber scriptus proferétur) y la inevitable postración del alma ante el Juez supremo.

Se trataba de una de las cinco secuencias que existían en el misal de san Juan XXIII, y la única que no pasó al misal de siete años después. Mons. Bugnini explicó que se eliminó porque quería acabarse con una “espiritualidad medieval” de excesivo temor y aflicción.

El texto se conserva en la liturgia actual, como himno ad libitum para la última semana del tiempo ordinario.

El Dies irae ha sido musicalizado de distintas formas.

En primer lugar, en canto gregoriano. Compuesto en el primer tono gregoriano (modo dórico), el canto comienza con una sobria escala descendente: Fa – Mi – Fa – Re. Esta sucesión de cuatro notas, unida al ritmo silábico y trocaico del verso latino, transmite de inmediato una gravedad inconfundible. En la acústica de las basílicas y catedrales, la melodía no buscaba el virtuosismo estético, sino mover el alma al arrepentimiento y suscitar un profundo recogimiento ante la majestad divina.

A medida que la polifonía y el contrapunto se desarrollaron, los compositores hicieron sus propias versiones. Tomás Luis de Victoria y Cristóbal de Morales plasmaron en el Renacimiento español la más sobria y mística reverencia por el reposo eterno.

En el siglo XVIII y XIX, el texto adquirió dimensiones monumentales: el fulgurante Dies irae de Wolfgang Amadeus Mozart en su Réquiem en Re menor (K. 626), o la sobrecogedora versión de Giuseppe Verdi, donde bombos y metales recrean con fuerza la trompeta del Juicio.

Hay que decir que las sucesión de cuatro notas (Fa – Mi – Fa – Re) del canto gregoriano se ha adueñado del inconsciente colectivo de Occidente. Eso es claro en el cine. Si una escena huele a fatalidad, es casi seguro que el compositor escondió esas cuatro notas. Eso lo vemos, por ejemplo, en El Resplandor, Star Wars o El Rey León

Viernes de la XXXI semana del tiempo ordinario