El Manual de liturgia

El Manual de liturgia

de liturgiapapal

Hmt1Drri_400x400.jpeg 

I

La Iglesia celebra la Liturgia de las Horas, alabando sin cesar a Dios con el canto y la oración, al mismo tiempo que ruega por la salvación de todo el mundo (CIC 1173).

Desde antiguo los cristianos alaban a Dios varias veces al día. Ya en la Didaché (8.3) se pide a los creyentes rezar tres veces al día el Padrenuestro. De esta forma se segaría el consejo de Jesús de “orar siempre y no desfallecer" (Lc 18,1), y estar en vela “orando en todo tiempo para que tengáis fuerza" (Lc 21,36), así como los consejos de los Apóstoles: "Aplicaos asiduamente a la oración" (Rm 12,12), y “perseverad constantemente en la oración" (Col 3,2).

En el siglo III San Clemente de Alejandría atestigua que no solo se rezaba el Padrenuestro, sino un oficio más completo al que correspondían momentos del día precisos (Stromata 7, 7). La articulación del rezo en torno a diferentes momentos del día dio lugar a las que hoy se denominan “horas canónicas”. Y de ese concepto a las oraciones se les llamó Liturgia de las Horas. Se constituyeron comunidades encargadas de hacer estas alabanzas de forma solemne, como los monasterios. Ese era su trabajo, ese era su oficio. Por ello, a esta oración también se le llamó Oficio Divino.

II

Cristo es el “sol que nace de lo alto” (Lc 1, 78). Por eso, en torno a la salida y puesta del sol se establecieron momentos de oración. Al amanecer, los Laudes, con las que se alaba a Cristo, la Luz que nace. Primitivamente se les denominaba Psalmi matutini, salmos de la mañana, pero como se cantaban los salmos que inician con la palabra Laudate, alabad, (148-150) se denominaron Laudes. Y en el ocaso, las Vísperas, con las que se alaba, se da gracias por el día, y se confiesa la fe en la Luz pese a que empiecen los momentos oscuros.

Con el rezo del Padrenuestro en los Laudes y en las Vísperas, además de rezarlo en la Misa, ya se cumplía el consejo de la Didaché de rezarlo tres veces al día. Sin embargo, el Salmo 119 indica “siete veces al día te alabo” (164). Por ello también alabó a Dios en otros cinco momentos del día: tres por el día y dos por la noche.

Entre los Laudes y las Vísperas alababa a Dios en las horas Prima, Tercia, Sexta y Nona. El Concilio Vaticano II suprimió la Prima (SC 89), y se quedaron la Tercia, Sexta y Nona, horas en que recuerdan los acontecimientos de la Pasión del Señor y la primera propagación del Evangelio. En efecto, en la narración de San Marcos de la Pasión de Jesús dice que “era la hora tercia cuando lo crucificaron” (15, 25); que “al llegar la hora sexta toda la región quedó en tinieblas” (15, 33); y que “a la hora nona Jesús clamó con voz potente Eloí Eloí, lemá sabaqtani” (15, 34). Por su parte, los Padres de la Iglesia veían claramente aludidas estas Horas en los Hechos de los Apóstoles, que relatan que el Príncipe de los Apóstoles “subió a la terraza para orar hacia la hora sexta" (10, 9); o que “Pedro... y Juan subían al templo a la hora de oración, que era la nona" (3, l).

La denominación de las horas deriva de la forma de contar el tiempo de los romanos, que dependía de las horas transcurridas desde el amanecer. Así, la Tercia es a eso de las 10 hrs., la Sexta a eso de las 12 hrs., y la Nona a eso de las 15 hrs. Sin embargo, en vez de tres momentos de oración puede haber solo uno, y en ese caso se llama Hora Intermedia, pues está entre Laudes y Vísperas.

Durante la oscuridad nocturna se alababa en dos momentos, siguiendo el consejo de San Pablo de orar en la noche (1Tes 3,10). En primer lugar, antes del amanecer, en la madrugada, a la hora en que fue María Magdalena al sepulcro, "cuando todavía está oscuro" (Jn 20, 1); por ello a este rezo se le llamó Maitines, aunque tras el Concilio Vaticano II se le cambió de nombre a Oficio de Lectura, y se desligó de la madrigada, pudiendo celebrarse el cualquier momento del día (SC 89). En segundo lugar, antes de acostarse, con lo que se completa el rezo diario; por ello, esta oración se llama Completas.

III

Existiendo comunidades monásticas y cabildos catedralicios encargados de alabar a Dios en los distintos momentos del día de forma solemne, el rezo de las Horas pasó a considerarse algo propio de los religiosos y de los clérigos.

El Concilio Vaticano II quiso que los laicos se unieran a esta alabanza pública de la Iglesia, especialmente en las Horas principales (SC 100), y el Código de Derecho Canónico invita “a los demás fieles a que, según las circunstancias, participen en la liturgia de las horas, puesto que es acción de la Iglesia” (c 1174)

Para los laicos es invitación, pero para los clérigos es una obligación. Para los miembros de los institutos de vida consagrada y sociedades de vida apostólica, conforme a sus constituciones; los sacerdotes, y los diáconos que desean recibir el presbiterado celebrar deben celebrar todos los días la liturgia de las horas; y los diáconos permanentes han de rezar aquella parte que determine la Conferencia Episcopal (CIC 276 y 1174).

IV

El libro litúrgico en el que se contienen los salmos y oraciones que han de recitarse a cada Hora se llama Liturgia de las Horas. Anteriormente también se le conocía como Breviario, por ser un conjunto abreviado de obas mayores llamadas “libros de horas”. El libro consta de cuatro tomos: uno para Adviento-Navidad, otro para Cuaresma-Pascua, y dos para el Tiempo Ordinario. Sin embargo, para facilitar la participación de los fieles, se ha elaborado una edición breve, en la que no aparece el Oficio de Lecturas, que se llama Diurnal.

V

Cada día el Oficio inicia con un invitatorio. Este se reza antes de los Laudes o del Oficio de Lecturas, dependiendo cuál sea la primera Hora en rezarse.

En primer lugar, invoca Dios con las palabras del Salmo 50 (17): "Señor, ábreme los labios, y mi boca proclamará tu alabanza", mientras se traza una cruz sobre los labios, pidiendo que la boca alabe a Dios todo el día y poniéndola a disposición del Creador.

Luego se recita uno de los cuatro salmos invitatorios, de los salmos que invitan a la alabanza. Puede ser el Salmo 23, que nos sitúa a las puertas del templo para realizar una acción de alabanza. O el Salmo 66, que convoca a una alabanza universal a Dios. O el Salmo 94, que también invita a la alabanza, pero igualmente a la observancia de la ley y de la Palabra de Dios. O el Salmo 99, que invita a toda la tierra a unirse a la acción de gracias.

Las Horas subsecuentes comenzarán invocando al Señor, pidiéndole que venga en nuestro auxilio y que se de prisa en socorrernos, con las palabras del salmo 69.

Después, se recita un himno. Un himno es una composición lírica que no se toma de la Biblia, sino que ha sido compuesta por la Iglesia con el devenir de los siglos.

Tiene como finalidad abrir el rezo adelantando los temas y creando un clima espiritual a la oración. Crea afectos y pedid en los participantes. Pone de manifiesto el carácter de cada Hora, de cada fiesta o de cada tiempo litúrgico.

Un segundo momento de cada Hora es la alabanza. Se alaba a Dios con cánticos y salmos. Al igual que los himnos, se trata de composiciones líricas, pero se distinguen porque son tomados de las Escrituras. Si esta composición se toma del libro de los Salmos, se denomina salmo; si se toma de otro libro, cántico.

En los Laudes se alaba a Dios con salmos matutinos, que entrañan profecías del misterio pascual, o que invitan a celebrar a Dios en la mañana, al despertar, como hace el salmo 56: “¡gloria mía, despierta!, ¡despertad, arpa y cítara!, ¡a la aurora he de despertar!” En las Vísperas se alaba con salmos de confianza, de acción de gracias, de reflexión sapiencial y de contemplación de la realeza de Cristo. En los Laudes se intercala un cántico del Antiguo Testamento entre dos salmos. En las Vísperas se proclama un cántico tomado de las epístolas apostólicas o del Apocalipsis, tras los dos salmos.

En las Completas, Vísperas y Laudes, hay otro cántico, que se toma del Evangelio. No se reza junto con los salmos y cánticos antes mencionados, sino después. En los Laudes el Cántico de Zacarías, el Benedictus, que alaba a Dios recordando al amanecer que Cristo es el sol que nace de lo alto. En las Vísperas con el Cántico de Santa María, el Magníficat, con el que por la tarde se alaba y da gracias a Dios con las palabras de su Madre. Y en las Completas, el Cántico de Simeón, el Nunc Dimittis, para pedirle a Dios que deje irnos en paz, a descansar, tras alabar durante todo el día a la luz que alumbra a las naciones.

A todos los himnos, salmos y cánticos se les añade una antífona, una frase corte y sencilla que se utiliza como estribillo. Tiene como objeto indicar el significado litúrgico y místico que ha de dársele al himno, salmo o cántico en atención a la fiesta o tiempo litúrgico.

Además, todos los himnos, salmos y cánticos concluyen con una doxología, una alabanza a la Trinidad: “Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.”

En todas las Horas hay momentos de reflexión. Esta se propicia con lecturas. Salvo en el Oficio de Lecturas, se toma de la Escritura y suele ser muy breve. En el Oficio de Lecturas hay una lectura de la Escritura y otra tomada de escritores eclesiásticos, y son más extensas. A las lecturas se responde con un responsorio.

Otro momento de reflexión existe en las Completas, que inician con un examen de conciencia que cada uno realiza en silencio, al que le sigue un acto penitencial para pedir perdón a Dios por las faltas.

En los Laudes y en las Vísperas tras el cántico evangélico se elevan preces a Dios. En los Laudes son para consagrar a Dios el día y el trabajo. En las Vísperas para interceder por distintos motivos, entre los que siempre están los difuntos. Estas preces concluyen con la Oración del Señor, el Padrenuestro.

Cada una de las Horas concluye con una oración y con una bendición. Sin embargo, en las Completas se añade al final una antífona mariana, para terminar el día invocando a María, la que nos auxiliará en el último instante.