Cuando no están revestidos con los ornamentos, y por debajo de éstos, los clérigos han de portar una vestidura eclesiástica.
Antiguamente los obispos siempre vestían de morado y los cardenales de rojo. Ante el anticlericalismo que se vivió en el siglo XIX, que incluso supusieron que el papa tuviera que huir a Gaeta, el beato Pio IX consideró oportuno establecer una nueva vestimenta más discreta para que los prelados estuviesen por la calle sin ser insultados. Fue así como surgieron dos clases de vestimenta: la de coro, que es la que usaban anteriormente y se reservó a las celebraciones litúrgicas; y la de calle, también conocida como hábito piano en honor del beato papa que la instauró.
El hábito de coro debe ser portado por los clérigos en los actos litúrgicos en los que se revisten, durante el rezo no solemne de la liturgia de las horas, y los obispos además lo han de portar cuando se dirigen públicamente a la una iglesia o cuando regresa de ella. El nombre “coral” es producto de una generalización de la indumentaria que usaban los canónigos para rezar el oficio divino en el coro.

Fuera de los actos litúrgicos, los clérigos han de vestir un traje eclesiástico digno, según las normas dadas por la Conferencia Episcopal y las costumbres legítimas del lugar. En el caso de los obispos, y siendo circunstancias solemnes visten el piano o de calle.

Fuera de las circunstancias solemnes, los obispos usan el vestido común, que consiste en la sotana con cruz pectoral y en anillo.

