
Como producto de su riqueza histórica, en la Iglesia existen distintos ritos.
En la antigüedad, cada una de las iglesias particulares celebraba la misa de una forma distinta, pues ritualizaron de manera diferente las acciones con las que Jesús instituyó la Eucaristía. Esa pluralidad, sin embargo, se fue reduciendo en la medida en que los grandes centros (Roma, Constantinopla, Antioquía, Alejandría) extendieron su influencia litúrgica hacia otras iglesias.
Cuando el Imperio Romano se dividió en el año 395 en el Occidental y el Oriental, algunos de esos grandes centros quedaron en el oriente, por lo que a sus formas litúrgicas se les conoció como orientales. A las formas de celebración que quedaron en occidente se les denominó latinas.
Por lo que hace estas últimas, el influjo de Roma era fuerte, pero se mantenían otras formas rituales. Poco a poco fue realizándose una unificación, que vio su punto culminante en 1570, cuando san Pio V publicó el Misal Romano y decretó que se usara en todo occidente excepto en las regiones y en las órdenes que tuvieran ritos con más de tres siglos de antigüedad, con el propósito de que salvaguardar la liturgia de influencias protestantes. Por ello, el misal propio de la diócesis de Roma, el Misal Romano, se usa en casi todo el occidente, aunque perviven más formas rituales, como el ambrosiano o el hispano mozárabe, entre otros.
Eso ocurrió en occidente. Sin embargo, en lo que fue el Imperio Romano de Oriente, continuaron celebrando conforme a los ritos propios. Así lo han hecho hasta nuestros días, que perviven los ritos orientales, que suelen clasificarse de acuerdo con los grandes centros de los que hablábamos antes: hay ritos alejandrinos (como el copto), ritos antioquenos (como el maronita), ritos bizantinos (como el ucraniano), a los que se le suman los ritos sirios y el rito armenio.
Se trata de formas distintas de celebrar los sacramentos, pero todos son católicos. Todos reconocen la misma fe y el primado del papa. Únicamente tienen un rito distinto al romano-latino.
Decíamos antes que había grandes centros que influían en el Oriente. A partir de ello surgieron cinco familias de ritos orientales: el alejandrino, el antioqueno, el armenio, el caldeo y el constantinopolitano o bizantino. Obsérvese que entre estos ritos se encuentran los de los tres grandes centros de la antigüedad: el de Alejandría, el de Antioquía de Siria, y el de Constantinopla.
De estas familias litúrgicas han surgido varios ritos. Por ejemplo, del de Alejandría han surgido el rito copto y el etíope; del de Antioquía el ririo-malankar, el sirio y el maronita; y del de Constantinopla el albanés, el búlgaro, el griego, el bielorruso, el macedonio o el melquita, entre otros.
Las iglesias orientales no solo tienen ritos propios, sino una espiritualidad, una organización, una disciplina y un derecho propios. Es por ello que no se rigen por el Código de Derecho Canónico, sino por el Código de Derecho Canónico de las Iglesias Orientales, expedido por san Juan Pablo II en 1990.
Las Iglesias Orientales católicas dependen del Dicasterio para las Iglesias Orientales.
Además, cuentan con una estructura eclesiástica propia. En efecto, la Iglesia Católica, siendo una y santa, tiene por una parte a la iglesia latina, y por otra a 23 iglesias orientales. Se trata, pues, de 24 iglesias “sui iuris”. En el bautismo se determina la incorporación a una de estas 24 iglesias atendiendo a la pertenencia de los padres, tutores, o de quien tiene el encargo de la formación católica del neófito (CICEO c. 29).
Las 23 iglesias orientales son de diversos tipos. El CICEO las clasifica en: patriarcales, arzobispales mayores, metropolitanas, y autónomas.
Las iglesias patriarcales, tienen un órgano llamado sínodo, que reúne a todos los obispos (eparcas), para elegir a su cabeza, a su patriarca. Éste le debe pedir al papa la comunión eclesiástica. Hay seis: la caldea, la armenia, la copta, la siria, la maronita y la greco-melquita.
Las iglesias arzobispales mayores, también cuentan con un sínodo que elige al arzobispo mayor, pero, a diferencia de los patriarcas, debe ser confirmado por el papa antes de ser entronizado. Son cuatro: la greco-católica ucraniana, la greco-católica rumana, la siro-malabar y la siro-malankar.
Las iglesias metropolitanas autónomas (o sui iuris), no cuentan con un sínodo que reúne a los obispos (eparcas), sino a un órgano llamado “Concilio de Obispos”, que elaboran listas de tres o más candidatos al papa, para que éste designe al metropolitano. Son cinco: la bizantina rutena, la greco-católica eslovaca la greco-católica húngara, la etiope y la eritera.
Y las iglesias orientales autónomas (o sui iuris), se componen por una o más eparquías (diócesis), pero sin tener sínodo o concilio que reúna a los obispos. El papa designa directamente al eparca (obispo). Son las ocho restantes: la bizantina búlgara, la bizantina-griega, la bizantina ítalo albanesa, la bizantina católica de Croacia y Serbia, la macedonia, la bizantina-albanesa, la bizantino-rusa, y la greco católica bielorrusa.

