El Manual de liturgia

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Cuando se construye un templo, un edificio para congregar al pueblo de Dios y celebrar los sagrados misterios, debe dedicarse con una solemne celebración. En esa celebración se dedica el altar. Sin embargo, puede posteriormente erigirse un nuevo altar en un templo ya dedicado. En este caso, ha de dedicarse solo el altar.

El altar debe ser dedicado por el obispo de la diócesis en donde se encuentra. Sin embargo, puede encargarle que la dedique a otro obispo o a un presbítero (CE 926).

Puede dedicarse una iglesia cualquier día salvo en el Triduo Pascual, en la Natividad del Señor, en la Ascensión, el Domingo de Pentecostés, el Miércoles de Ceniza, en las ferias de Semana Santa y en la Conmemoración de los Fieles Difuntos (CE 925).

En la celebración se emplea el formulario ritual propio y las lecturas propias, y se usan vestiduras litúrgicas blancas o festivas salvo en Epifanía, los domingos de Adviento, Cuaresma y Pascua, que se emplea el formulario propio de esos días (CE 925).

Preparativos

Es conveniente que se coloquen reliquias de mártires u otros satos debajo del altar. Sin embargo, no es obligatorio (CE 920). Las reliquias se introducen en un cofre, junto con un pergamino en el que conste el día, el mes y el año de la dedicación; el obispo celebrante; el titular de la iglesia; y el nombre de los santos cuyas reliquias se colocan (CE 932).

Antes de la Misa, el altar debe de estar desnudo: sin manteles, candeleros y cruz. 

Ritos iniciales y Liturgia de la Palabra

Los celebrantes se dirigen al presbiterio del modo habitual, en procesión. En esta procesión se llevan las reliquias, salvo que se hayan colocadas previamente en el presbiterio, entre velas encendidas (CE 934).

Al llegar al presbiterio, ni los diáconos ni los celebrantes veneran el altar, sino que se van directo a sus lugares (CE 936).

Tras el saludo inicial, los ministros acercan al obispo un recipiente con agua. El obispo invita a todos a orar. Tras unos momentos de silencio, bendice el agua (CE 937).

Luego el obispo acompañado por los diáconos asperja con el agua bendecida al pueblo. Finalmente, asperja el altar. Mientras tanto, se canta la antífona “He visto agua” o “Cuando manifieste mi santidad”, si es Cuaresma (CE 938).

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Terminada la aspersión, el Obispo regresa a sede y dice la oración “Dios, Padre de misericordia”. Luego se canta el Gloria, si corresponde en el tiempo litúrgico, y el obispo reza la oración colecta (CE 939).

En la Liturgia de la Palabra todo se hace como de costumbre y siempre canta o dice el Símbolo (CE 940 a 942)

Oración de dedicación

La oración universal se omite, pues en su lugar se cantan las letanías de los santos, que son introducidas por el obispo. Mientras se entonan, todos se arrodillan, salvo en el tiempo de Pascua y los domingos, en que permanecen de pie. Para ello, el diácono invita a arrodillarse y a levantarse, si es el caso (CE 943).

Al concluir las letanías, el obispo recibe la mitra. Un diácono se acerca al obispo con las reliquias, quien las coloca sobre el sepulcro del altar mientras se canta la antífona “Santos de Dios que habéis recibido un lugar bajo el altar”. Una vez que depositó las reliquias, el obispo regresa a la sede. Un albañil entonces cierra el sepulcro (CE 944).

Cerrado el sepulcro, el obispo deja la mitra y con las manos extendidas reza la oración de dedicación en voz alta (CE 945).

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Unciones

Después de la oración de dedicación, el obispo se quita la casulla, toma un gremial, recibe la mitra y se acerca al altar. Ahí un diácono le acerca el recipiente con el crisma y procede a ungir el altar. Para hacer esta unción dice en voz alta “El Señor santifique con su poder”, tras lo cual vierte el crisma en el centro de la mesa y en sus cuatro ángulos (CE 946).

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Incensación

Después, un acólito coloca sobre el altar un brasero. Cuando está colocado, se acercan al altar el obispo, un diácono, el turiferario y un acólito que lleva la naveta. El diácono recibe la naveta y se la presenta al obispo, quien coloca incienso en el brasero mientras dice “Suba, Señor, nuestra oración”. Luego, el turiferario presenta el turíbulo, y el obispo coloca incienso. El diácono devuelve la naveta al acólito, toma en turíbulo y se lo entrega al obispo. El obispo, entonces, inciensa el altar (CE 947).

Al terminar del incensar, el obispo devuelve el turibulo al diácono, regresa a la cátedra. Ya ahí, el diácono lo inciensa (CE 947).

Después, el diácono inciensa al pueblo Mientras inciensan, se canta la antífona “El Ángel se puso de pie” con el salmo 137 (CE 947). 

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Iluminación

Terminada la incensación, los acólitos secan la mesa del altar con toallas. Luego, lo cubren con un mantel. Si es necesario, debajo del mantel colocan un lienzo impermeable. Luego, lo adornan con flores y colocan encima los cirios y la cruz, si ese será su lugar (CE 948).

Ya preparado el altar, un acólito o un diácono le entrega una vela encendida al obispo. Éste, a su vez, se lo entrega a un diácono mientras le dice “La luz de Cristo”. El obispo se siente y el diacono enciende las velas del altar. Mientras tanto se canta la antífona “En ti, Señor” (CE 950).

Liturgia eucarística

Ya iluminado el altar, se prepara el altar como de costumbre y se le presentan los dones al obispo. Cuando todo está preparado, el obispo deja la mitra y se dirige al altar, y lo besa. Una vez que hizo la presentación del pan y del vino, y rezada la oración “Con espíritu humilde”, se omite la incensación (CE 951).

Luego, la Misa continúa como de costumbre. Aunque no se utilice el formulario para la dedicación de un altar, se reza la oración sobre las ofrendas y el prefacio propios, pues están íntimamente ligados al rito (CE 952).

Debe de redactarse un acta de la dedicación de la iglesia. Se elaboran dos copias (una para el archivo de la iglesia y otro para el archivo diocesano), y se elabora una tercera copia si se colocan reliquias en el altar, que se guarda en el cofre de éstas. El acta debe de mencionarse la fecha de dedicación, el obispo que la dedicó, el titular de la iglesia, y el nombre de los santos cuyas reliquias se colocaron, en su caso. Cada una debe de estar firmada por el obispo, el rector de la iglesia y delegados de la comunidad local (CE 932).